domingo, enero 21, 2007

Los profetas de la prosperidad

Terry Eagleton
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-De Amauta, portal de Brasil.-

Cristianismo, ciencia, individualismo y crecimiento económico, ¿son los factores que han asegurado el “éxito” de nuestra cultura? Terry Eagleton nos da su opinión en torno al falso mito del progreso occidental.

La civilización occidental, tal y como argumenta éste odioso pequeño libro, ha eclipsado a todas las otras culturas a lo largo de los siglos, y lo ha conseguido, en gran parte, gracias a su devoción por los "factores de éxito" del cristianismo, el optimismo, la ciencia, el crecimiento económico, el liberalismo y el individualismo. El vulgar sentimiento emprendedor que ya expresa la frase "factores de éxito" es típico del estilo de la obra "El Suicidio de Occidente". Los autores describen a la primera iglesia cristiana utilizando el adjetivo "downmarket", que en lengua inglesa se utiliza para adjetivar a esos productos que se dirigen a las clases bajas de pocos recursos, como si Cristo fuera un director ejecutivo de camisa con cuello abierto. En otro punto lo alaban utilizando la expresión "prototipo nuevo y mejorado", como si se tratase de administrar la compañía Volvo. Richard Koch y Chris Smith pecan menos de visionarios que de tener la mente de contables autorizados: con toda la precisión solemne de unos científicos locos de Swiftian, ponen en contraste el porcentaje de personas individualistas que se da entre los occidentales, son un 66,7, con el despreciable promedio de los no occidentales: un 25,7 por ciento. Estos profetas solo atienden a los beneficios.

Hoy, por lo que parece, éstos seis "factores de éxito", embalados de forma chillona, han entrado en crisis. Si la cultura occidental ha entrado en un largo descenso hacia su propio suicidio, no es a causa del avaricioso derroche de los recursos planetarios, ni de las armas de destrucción masiva o del fuego indiscriminado contra niños musulmanes en nombre del cristianismo, el optimismo, la ciencia, el crecimiento económico, el liberalismo o el individualismo. Estas desagradables realidades no merecen, para Koch y Smith, más que una mención y son igualmente tímidos respecto al esclavismo, genocidio, saqueo imperial y explotación humana que están en la raíz de gran parte de la prosperidad de occidente. Desechan al imperialismo como una "aberración loca" que llegó a la cabeza de Palmerston como una sorpresa. Toda la crisis está en nuestra cabeza. Todo se debe a que hemos dejado de creer en los altos ideales, y no porque algunos de ellos (el individualismo económico, por ejemplo) pueda haber tenido algo que ver con hambrunas y matanzas, nos enfrentamos a un desorden puramente espiritual.




Los canadienses y los finlandeses, nos informa un párrafo bastante desagradable, piensan y actúan de forma diferente a los africanos o los árabes. Resulta un pensamiento consolador: quizás los habitantes de Fallujah, cuando pierden a sus seres queridos, no sienten la misma aflicción que los nativos de Washington. Todos los occidentales, nos dicen con satisfacción, comparten una mentalidad común. Aun así, el libro da formalmente la bienvenida al multiculturalismo como valor occidental. Algo conocido como la "identidad occidental" no promueve "los enfrentamientos entre diferentes grupos étnicos o nacionales". Una afirmación que sugiere o que Koch y Smith tienen una concepción luminosamente platónica de occidente o que sencillamente no han estado leyendo los periódicos últimamente.




Otro pasaje moralmente degradante nos sugiere que los desertores de Vietnam, los inmigrantes hispánicos, los valores de los intelectuales y los que generaron una conciencia negra han perjudicado la integridad de la identidad nacional americana. Con una candidez ruin, sin embargo, Koch y Smith intentan esquivar el cargo del etnocentrismo incluyendo, de forma caritativa, a Europa del este en occidente. Nuestra raza, por lo que parece, empieza en algún sitio alrededor del Mar Negro. Poniendo en contraste la virtud de Occidente con la del menos virtuoso Este, mientras admiten piadosamente que no desean ocuparse de ésta cuestión, anuncian que la civilización occidental valora más la vida humana que las restantes culturas. El occidental es "una persona que está yendo a algún sitio, que cree en él mismo o ella misma y en su papel en sociedad", por lo que se deduce, por opuesto, que todos esos bolivianos van por allí planteándose dudas y los malayos se dedican a arremolinarse sin propósito alguno. Un resumen surrealista sobre la "idea de América" consigue describir la matanza de los americanos nativos en una única sentenciae magnánima: "la realidad no siempre ha igualado a los ideales". Entonces, eso debiera apaciguar a los Palestinos.




Poniéndose en la piel de teólogos medianamente cultos, Koch y Smith sostienen que para la mayor parte de aquellas religiones no cristianas, "no hay ningún creador racional - el universo es inexplicable, caprichoso, imprevisible". Ésta descripción vale tanto para el Dios Abraham como para Mahoma. También encuentran una previsible paradoja en torno al cristianismo. Desde su punto de vista, la fe basada en el Nuevo Testamento es un asunto individual, interior... mientras que no lo es tanto en la fe basada en el Viejo. Con ésta reflexión reactivan una vieja tradición del antisemitismo cristiano, que ya se daba en la primera Iglesia, según la cual el Antiguo Testamento tan solo atiende en parte al terreno personal (en contraposición al legal y trivial), mientras que el Nuevo Testamento es quien realiza el giro definitivo hacia el terreno individual e interior. Aquí, de forma codificada, encontramos una nueva oposición entre el oscuro Este y el bienintencionado Oeste. "Dios", observan los autores de forma ignorante, "adquiría de repente (en el Nuevo Testamento) una nueva posición - dentro de las personas, en la personalidad humana" - como si los antiguos hebreos lo posicionasen a unos cuantos kilómetros al nor-oeste de Tiro. Desde éste punto de vista, Jesús se convierte en un liberal-individualista arquetípico, algo así como un John Stuart Mill en sandalias. Ningún erudito bíblico que se respete apoyaría un contraste tan falso entre amor y ley, individuos y comunidades. La ley de Moisés es la ley del amor, y lo es tanto en cada una de sus partes, individuales e interiores, como la enseñanza de Jesús. Jesús no estaba poniendo a prueba a Paddy Ashdown; quien fue un Judío anti-individualista del primer siglo impregnado del ritual y doctrina de su nación. El Cristianismo para Koch y Smith significa ayudar al perdedor, mientras que para el Dios del antiguo testamento significaba que los pobres llegasen al poder.




Si la fe se ha hundido, lo mismo ocurre con el optimismo. El libro falla en el considerar que todo esto sea a causa de que en el mundo existen muchas razones para la depresión, e incluso ministros de arte que escriben disparates en torno de la supremacía. En cambio, siguiendo en sus trece, ven tal pesimismo como algo motivado por la falta de nervio. Incluyen una breve historia de la ciencia, que en un lapsus de atención se olvida de mencionar que es tan probable que la ciencia nos aniquile como que solucione nuestras miserias. Pero el ideal de la ciencia, también, se ha visto socavado, no por los genetistas nazis o los físicos de Los Álamos, si no a causa de determinadas "fantasías en boga" como las teorías de la relatividad y la indeterminación. A causa de sus opiniones en torno a la postmodernidad, Koch y Smith terminan siendo nostálgicos Newtonianos.




Pero son ellos, y no Einstein o Heisenberg, quienes nos acaban ofreciendo una auténtica fantasía. En su babeante adoración hacia el crecimiento económico, se han afligido con la ilusión de que ya nos encontramos bajo un orden post-capitalista. "Aunque Microsoft parece una corporación capitalista", escriben de forma alucinante, "los mayores beneficios los han obtenido sus fundadores y empresarios, no los proveedores de capital, quienes fueron y son totalmente insignificantes". El capitalismo requiere grandes unidades industriales, reglamentadas, mientras que el post-capitalismo se basa en una economía "personalizada" de individuos innovadores y encantadores, más parecidos a Bloomsbury que al viejo estilo de Birmingham. Esto equivale a sostener que Old Trafford ya no es un estadio de fútbol porque todos los estadios han pasado a redefinirse como espacios oblongos, de color carmesí y llenos de agua.




Existen, tal y como nos señala el libro, muchas alternativas a la civilización liberal fuera de occidente. Asimismo, podrían haber añadido que también han existido una importante cantidad de alternativas dentro de occidente, como por ejemplo las economías esclavistas los fascismos o los regímenes espías y vigilantes que siguen amenzando hoy nuestras libertades. Koch y Smith son fanáticos y obtusos en el creer que ninguna otra civilización ha producido valores tan inestimables como la nuestra; pero estan en lo cierto al afirmar que la cultura occidental ha generado ideales capaces de generar una inmensa riqueza. La izquierda, en su totalidad, no ha negado el hecho. No ha desafiado los ideales de libertad, resolución, justicia, igualdad y demás con algún conjunto propio de extraños valores. En cambio, sí se ha planteado una pregunta de forma constante: ¿Por qué estos ideales funcionan tan mal en la práctica? ¿Por qué mecanismos tan sistemáticos generan libertad para algunos y opresión para otros? ¿Por qué tiende la igualdad formal a convertirse en desigualdad real? ¿Es a causa de que en los asuntos humanos siempre desciende una sombra entre sus ideas y su ejecución?, ¿O es a causa de razones bastante más tangibles y peculiares del sistema bajo el que vivimos?




Así, no ha sido la izquierda política la que ha subvertido éstas nociones visionarias. La devastadora ironía es que es el verdadero sistema que los autores celebran quien lo provoca. Fue la secularización capitalista quién ayudó a despedir la fe religiosa, de la misma manera que fue la guerra mundial imperialista quien dio un golpe de muerte al optimismo. Los mejores valores del liberalismo y el individualismo están constantemente bajo amenaza a causa de las empresas explotadoras y sin cara que dan a luz. Koch y Smith, que alaban el individualismo en una página pero lamentan la caída de la comunidad en otra, sencillamente fracasan en comprender esta lógica.




Sin embargo, ¿Qué se puede esperar de unos hombres con unas predilecciones filosóficas enlatadas y una concepción de la complejidad de la historia que no va más allá de un resumen de dos párrafos? La fragilidad de su estilo ya es un claro testimonio de su mirada bidimensional en torno a la vida. Cualquiera que crea que el nacionalismo empezaba en el siglo XV, que Tomas de Aquino era un monje, y que ese Immanuel Kant creía que la personalidad se constituía relacionalmente, opinará que la erudición que encontrará en éste himno fáustico al crecimiento económico ilimitado es profundamente impresionante.

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